Una guía paso a paso para rezarlo aunque nunca lo hayas hecho — sin dar nada por sabido.
No hace falta saber rezar. No hace falta «sentir» nada especial. El rosario es una forma sencilla, casi física, de estar un rato con Dios: unas cuentas en la mano, unas palabras repetidas y la vida de Jesús mirada con los ojos de su madre. Esta página te la explica entera.
El rosario nació en la Edad Media como la «oración de los que no sabían leer»: quienes no podían rezar los 150 salmos rezaban 150 avemarías, contándolas con cuentas. La tradición lo asocia a santo Domingo de Guzmán y a la Orden de Predicadores (siglo XIII), y los papas lo recomendaron una y otra vez desde entonces.
En 2002, san Juan Pablo II le dedicó una carta entera — Rosarium Virginis Mariae — y sumó cinco misterios nuevos (los luminosos), llevando el total a veinte escenas de la vida de Jesús y de María.
Aunque se le reza a María, el centro del rosario es Jesús. Cada «misterio» es una escena de su vida — su nacimiento, su muerte, su resurrección — que se contempla mientras se repiten las avemarías. San Juan Pablo II lo definió así: contemplar el rostro de Cristo con los ojos y el corazón de María (Rosarium Virginis Mariae, 3).
La repetición no es magia ni relleno: funciona como un ritmo de fondo que aquieta la cabeza para que el corazón pueda mirar. Por eso es una oración posible incluso en días de cansancio, dispersión o fe chiquita.
«El rosario dicho de esta manera —a golpes de carraca, con prisas por acabar— es máquina de moler avemarías. Rézalo pausadamente: cada avemaría dicha a la Señora es una alabanza nueva.» San Josemaría Escrivá — cf. Camino, 556; Santo Rosario, prólogo
El rosario es un collar de cuentas que sirve para llevar la cuenta de las oraciones sin pensar en números. Cada tipo de cuenta corresponde a una oración distinta.
El rosario completo lleva entre 15 y 20 minutos. Todos los textos de las oraciones están completos en la sección siguiente.
Tomá la cruz del rosario y hacé la señal de la cruz: «Por la señal de la santa cruz…» o simplemente «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén». Después, todavía en la cruz, se reza el credo: el resumen de lo que creen los cristianos desde hace veinte siglos.
En la primera cuenta grande después de la cruz se reza un padrenuestro: la oración que Jesús mismo enseñó (Mt 6, 9-13).
En las tres cuentas chicas siguientes, tres avemarías — tradicionalmente se piden con ellas fe, esperanza y caridad. Al terminar, un gloria (no tiene cuenta propia: se reza en el espacio antes de la medalla).
Acá empieza el corazón del rosario. Se anuncia en voz alta (o para adentro) el primer misterio del día — por ejemplo: «Primer misterio gozoso: la anunciación del ángel a María». Los misterios de cada día están en la sección de misterios. Vale la pena detenerse unos segundos a imaginar la escena antes de seguir.
En la cuenta grande, un padrenuestro. En las diez cuentas chicas que siguen, diez avemarías, mientras se contempla la escena anunciada. No hace falta «pensar fuerte» todo el tiempo: basta volver a la escena cuando la cabeza se va.
Al terminar las diez avemarías: un gloria, y — costumbre muy extendida — la oración de Fátima («Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados…»).
Se repite el mismo esquema — anunciar el misterio, padrenuestro, diez avemarías, gloria, oración de Fátima — con los misterios segundo, tercero, cuarto y quinto, dando la vuelta completa al rosario.
Terminada la quinta decena, se reza la salve: la despedida a María, «vida, dulzura y esperanza nuestra». Muchos agregan acá las letanías (una lista de piropos antiguos a la Virgen: «Ruega por nosotros»); son opcionales.
Antes de cerrar, poné nombre a lo que trajiste: una persona, una situación, un pedido, un gracias. Se termina con la señal de la cruz. Listo: eso es rezar el rosario.
Nadie nace sabiéndolas. Acá están enteras, en la versión que se usa en Argentina, para leerlas hasta que salgan solas.
El gesto que abre y cierra toda oración cristiana: trazar una cruz sobre uno mismo.
Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
El resumen de la fe cristiana, palabra por palabra, tal como se profesa desde los primeros siglos (Símbolo de los Apóstoles).
Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.
La única oración que Jesús enseñó explícitamente (Mt 6, 9-13). Una por cada cuenta grande.
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
La primera mitad son palabras del Evangelio: el saludo del ángel (Lc 1, 28) y el de Isabel (Lc 1, 42). Una por cada cuenta chica.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Alabanza breve a la Trinidad. Cierra cada decena.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
La Virgen la enseñó a los pastorcitos en Fátima (1917). Se suele agregar después de cada gloria.
Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia. Amén.
La despedida a María al final del rosario. Tiene casi mil años.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Cada día de la semana tiene asignado un grupo de cinco escenas de la vida de Jesús y de María. Cada misterio lleva su cita bíblica: leer el pasaje antes de rezar la decena es la mejor forma de entrar en la escena.
No hace falta el rosario entero. Un padrenuestro, diez avemarías y un gloria — dos minutos — es una decena real, no un rosario «a medias». Mejor una decena todos los días que un rosario entero una vez y nunca más.
El rosario se lleva bien con el colectivo, la caminata, la fila, la noche antes de dormir. No exige iglesia ni silencio perfecto. Si no tenés rosario, los diez dedos funcionan desde hace siglos.
Todo el mundo se distrae rezando; los santos también. El rosario no se «arruina»: cuando notes que la cabeza se fue, volvé a la escena del misterio y seguí. Ese volver, una y otra vez, es exactamente la oración.
«El rosario es mi oración predilecta. Oración maravillosa. Maravillosa en su sencillez y en su profundidad.»San Juan Pablo II — Angelus, 29 de octubre de 1978